La historia de Dulces La Cartuja: tres generaciones de artesanía en el Alto Palancia

Hay empresas que nacen de un plan de negocio. Y hay empresas que nacen de una vocación que se transmite de padres a hijos sin que nadie la diseñe del todo. Dulces La Cartuja es de las segundas.

Los orígenes: Dulces Germán y las ferias del Alto Palancia

La historia empieza antes de lo que aparece en cualquier registro oficial. En los años 20 del siglo pasado, Germán Torres Blesa recorría los mercados y ferias de la comarca del Alto Palancia —esa franja de Castellón que sube desde el mar hacia el interior, entre las Sierras Calderona y Espadán— distribuyendo dulces artesanos bajo el nombre de Dulces Germán. No había obrador propio, no había fábrica. Había un hombre, sus productos y un territorio con una tradición gastronómica profunda y poco conocida fuera de sus fronteras.

Esa manera de entender el dulce como oficio, como algo que se hace con las manos y se vende mirando a los ojos al comprador, pasó a su hijo y después a su nieto.

1985: La apuesta de Germán Torres Peñalvert

En 1985, Germán Torres Peñalvert tomó una decisión que en aquel momento debió parecer quijotesca: fundar una fábrica de dulces artesanos en Altura, un pueblo del Alto Palancia a escasos metros del imponente Monasterio Cartuja de Val de Cristo, fundado en 1374 y que da nombre a la empresa hasta hoy.

Lo primero que hizo fue plantar más de 900 árboles de membrillo en la finca propia. No para venderlos: para transformarlos. Desde el primer momento, la idea fue controlar todo el proceso, de la tierra al tarro. Los primeros años de producción eran modestos: 500 botes anuales de mermelada de tomate y albaricoque. Los vendía a restaurantes y tiendas locales, con la misma vocación de proximidad que su abuelo había tenido décadas antes.

La segunda generación: ampliar sin perder la esencia

Germán Torres Bonet, hijo del fundador, creció entre tarros y calderas de cobre. Cuando tomó el relevo, la decisión fue ampliar —en variedad de productos, en volumen, en alcance geográfico— sin perder lo que hacía especial a La Cartuja: el proceso artesanal, la fruta local y la honestidad de la etiqueta.

La gama se fue ampliando desde las mermeladas clásicas hacia territorios que pocos artesanos se atrevían a explorar: gelées de flores, mermeladas de verduras, combinaciones gourmet. Mientras la industria se estandarizaba, La Cartuja hacía exactamente lo contrario.

Germán y Sacri: innovación con raíces

Hoy, Germán Torres y Sacri Royo dirigen la empresa con un pie en la tradición y otro en la vanguardia gastronómica. Sacri lo resume bien: el objetivo es mantener «una cultura gastronómica de la zona, relacionada con el entorno.» No hacer mermeladas para seguir tendencias del mercado. Hacer mermeladas que cuenten la historia del Alto Palancia.

Bajo su dirección, la empresa ha pasado de 500 a 65.000 botes anuales, manteniéndose fiel al proceso artesanal. Compran más de 3.000 kg anuales de tomate de pera directamente a agricultores de Segorbe. Y han desarrollado más de 80 sabores diferentes, algunos de los cuales no existían en el mercado español antes de que La Cartuja los creara: gelée de gin tonic, mermelada de boletus con trufa negra, mermelada de aguacate, mermelada de mano de Buda.

Los reconocimientos: del Alto Palancia al mundo

En 2013, la Generalitat Valenciana otorgó a Dulces La Cartuja el Certificado de Producto Artesano de la Sierra Calderona. En 2017 obtuvieron la certificación para elaborar mermeladas ecológicas. Son también miembros de Slow Food Alto Palancia y colaboran con el Arca del Gusto para proteger especies alimentarias en riesgo de extinción.

En 2018, la mermelada de naranja con cava recibió una estrella en los Great Taste Awards, el galardón gastronómico más prestigioso del Reino Unido. No fue casualidad: fue el resultado de décadas de hacer bien las cosas.

Hoy los productos de Dulces La Cartuja se distribuyen en Bélgica, Francia, Lituania, Estados Unidos y Canadá. Desde el obrador de Altura, a escasos metros del monasterio que inspiró el nombre, las mermeladas artesanas del Alto Palancia llegan a mesas de medio mundo.

Todo es mermeable

Sacri tiene un lema que resume todo: «Todo es mermeable.» Un juego de palabras —mermelada y memorable— pero también una filosofía: todo lo que merece ser recordado puede convertirse en mermelada. Los ingredientes de la tierra, las recetas de siempre, las combinaciones que nadie había intentado todavía.

Tres generaciones lo han demostrado.